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miércoles, 5 de septiembre de 2018

Confesión #1

No voy a mentir. Antes era miedo. Era preocupación. Era por su bien. Ahora es enfado. No. Enfado no. Furia. Ahora me enfurece saber que sigue haciéndolo. Lo hace sabiendo que a mi me duele que lo haga.
Siempre quiero lo mejor para los demás. Pero siempre digo "haz lo que quieras, respeto tus decisiones", incluso sabiendo que lo que está haciendo le perjudicará para siempre. 
Pero es que él me importa de verdad. Aún así respeto sus decisiones porque ya es mayor para saber si lo que hace es lo correcto o lo erróneo. Pero es el primero al que le he dicho "no quiero que lo hagas". Sé lo que parece. No, no quiero controlarle. Solo le hago saber que no quiero que lo haga. De todas formas, la conversación siempre acaba de la misma manera:
>> "no quiero que lo hagas, pero es tu vida y tu decisión y, si lo haces, es bajo tu propia responsabilidad. Yo no te voy a privar de nada." 

Sí, estoy muy enfadada. Pero también muy triste. Porque yo también sé cuales son las consecuencias de lo que está haciendo y conozco los peligros. Sin embargo, no puedo pararle. No tengo ningún poder sobre él, ni quiero tenerlo. Quiero que sea libre. Pero quiero que sea consciente de que lo que hace no es de mi agrado. Que yo le dejo y no le voy a mirar con asco ni decepción y que no voy a cambiar mi forma de verle solo por esto. Que entre tú y yo no va a cambiar nada. Pero que no me gusta que lo hace. Me entristece. Me preocupa. Me duele.
Y estoy segura que con quien más enfadada estoy es conmigo misma. Por no poder hacer nada. Por la impotencia que siento cada vez que me entero de que lo ha hecho o va a hacerlo. Pero lo estoy. Estoy en cólera. Furiosa. Triste. Preocupada. Dolida. Y furiosa.

--London--